
Después que terminó de tomar el café con leche mi hijo se levantó de la silla y se quedó mirando una foto, una de las tantas que había sobre la biblioteca. No era cualquier imagen, era un portarretrato dorado que adentro tenía una foto donde serios miraban al fotógrafo, mi papá, mi tía y mi abuelo. Los tres bien arreglados.
Mi abuelo esta de traje y tiene una corbata llena de palmeras, mi tía que no tiene más de 4 años saca panza exponiendo los volados del vestido, mi papá con su pequeña manito se apoya sobre el hombro de mi abuelo que se encuentra agachado en cuclillas. Con la otra mano ese niño sostiene un paquete de papel con alimento para aves. Todo se ve sepia. Atrás de ellos el hermoso palomar.
Vicente el nono de mi papa hacía años que le dedicaba gran parte del día a sus palomas. El viejo era un romano que vivía en Cañada De Gómez, una ciudad cercana a Rosario. El nono Tommasi vivía en una casa enorme y luminosa llena de mamparas, rosales y árboles de granada. En el fondo del jardín su palomar y sus ramos de palomas.
Aquel lugar era herencia, fugas y primaveras. Y todo lo hacían esas palomas mensajeras.
No había una persona que no fuese a ese hogar y no se sintiera cautivado por ellas. Y por supuesto mi padre, ese niño, no era la excepción. Durante meses había averiguando datos y características, construyó registros y trataba de entender como en esas cabezas tan pequeñitas podía existir tanta inteligencia, tanta capacidad de orientación. Mas de una vez pregunto y se preguntó si sería realmente verdad, o solo sería cuestión de fama.
El tema es que un día que había ido a almorzar con toda su familia a la casa del nono se le ocurrió un plan. Probablemente le haya llevado un tiempo inventarlo, pero eso no viene al caso. La cuestión es que mientras los adultos estaban entretenidos con la sobremesa, él, mi viejo, despacito se escabulló, cruzó la galería, fue hasta el fondo, abrió la puertita del palomar y atrapó con sus dos manos a una de las palomas, el cuerpo tembloroso lo impresionó un poco, así que primero la acarició para calmarla y luego la metió en una caja de cartón lista para que viajará con él a su casa.
Un día entero tuvo a la palomita secuestrada debajo de su cama, siempre alimentándola con pan y leche. Aparentemente nadie sospechó nada, así que al otro día antes de ir a la escuela escribió una notita que decía, “piano, piano si arriva lontano”, y acto seguido; soltó la paloma desde la puerta de su casa a cielo abierto. Sus ojos observaron con profundidad como las alas de la paloma eran bañadas por el aire mientras nadaba entre las nubes, cada vez más alto. Enganchado en el anillo de una de sus patas, el mensaje también se elevaba.
Ese día mi papá no corrió hacía la escuela, corrió hacia la estación para poder agarrar el tren que salía justo camino a Cañada.
Sentado en el primer asiento, impregnado por los sonidos y el humo de esa maravillosa maquina la aventura comenzaba. No podía dejar de mirar por la ventana, ni por un segundo, todas las aves que veía tenían algo de esa paloma. El asombro crecía. Todo era cuestión de unas horas.
¿Quién llegaría primero? ¿El tren o la paloma? El viaje finalizó en casi 3 horas de reloj . Mi viejo dice que bajo corriendo, corrió y corrió tan rápido que él también parecía un pájaro. Cruzó la plaza desparramando hojas, hasta llegar a la puerta de ingreso del zaguán…En la mitad del patio frenó de golpe , flexionó sus piernas y su torso, medio agitado, finalmente apoyó sus manos sobre sus rodillas y alzo la vista, para su sorpresa vio a su abuelo que le sonreía desde la punta del palomar.
El hombre estaba sentado leyendo el mensaje escrito con letra de niño, y en la rodilla izquierda estaba la paloma.
Escrito por Andrea Peruzzi, periodista, docente, actualmente trabaja en la Biblioteca Argentina de Rosario.
Tal nos relata, el cuento fue escrito hace unos años, inspirado en sus familiares de Cañada de Gómez y la reactivación reciente del tren Cañada de Gómez - Rosario, activó el deseo de publicarlo.




































