
Texto extraido de material enviado por el Historiador Gerardo Alvarez a nuestra redacción.
En 1942, residían en el mal llamado Fortín de Cañada de Gómez, Pascual Gilli y su esposa, Natividad Flores, quienes criaron con el
mismo amor que prodigaban a sus hijos a un jovencito, Emilio Ángel Pellex, que había hecho el servicio militar y residía con esa familia.
El grave suceso que allí ocurrió comenzó a gestarse un sábado de julio de ese año, cuando llegó un tal Gómez conduciendo una vagoneta tirada por dos caballos y compró unos cuantos kilos de chatarra, momento en que se trabó en discusión con el joven Pellex, a quien maldecía y amenazaba de muerte al alejarse del lugar…
Pero dejemos que sea un descendiente de esa familia, Pascual Gilli, narre lo que después aconteció:
Domingo 29 de julio, 11.30 horas, Gómez llega a casa de mis abuelos, preguntó por mi padre, le dijeron que estaba almorzando en casa de su madre y él decidió esperarlo, con el pretexto de que le vendiera algo de pasto para los animales.
Mis familiares lo notaron muy nervioso, y yo ese domingo fui al cine, a matineé… Papá y Emilio entraron con sus bicicletas riéndose, cuando sorpresivamente Gómez se dirige a Emilio y le dice:«–Vos sos el que querés pelearme»
Emilio responde «–Aquí y a donde quieras...»
Gómez desenfundó un revolver y le disparó a quemarropa.
Emilio Pellex que estaba armado con su Colt 32 «Cebra», también desenfundó y comenzó el tiroteo.
Quien había llegado con Emilio -sigue narrando- quedó en medio de los disparos.
Ambos, descargaron los tambores de sus armas.
Gómez alcanzó a volver a cargar y Pellex, que corrió unos cuarenta metros tratando de alcanzar a su enemigo, cayó herido de muerte en la entrada de El Fortín, sin poder esbozar palabra, tras la cantidad de sangre que manaba de su boca.
Fue un episodio propio del Far West norteamericano, -tal describen- que no solo concluyó con su joven vida –lo que mucho lamentaron sus amigos y los habitantes de la casona, los Leiser y los Gilli– sino que también dio lugar a inferencias y suposiciones respecto del motivo de la inquina que Gómez le profesaba, contribuyendo a acrecentar la aureola de leyendas e historias que sobrevuelan la edificación.




































