
1ª. Nota por Gerardo Álvarez
A través de este trabajo su autor evoca la presencia en Cañada de Gómez, a fines del siglo XIX, de un olvidado pero en su momento
muy famoso luchador y cirquero italiano apodado cuarenta onzas y radicado en nuestro país, Pablo Raffetto; del famoso payador radical Gabino Ezeiza que anduvo por Correa y seguramente por otros pueblos cercanos hacia 1916; y de los grandes pioneros del Teatro Nacional, José Podestá y su célebre compañía en el Teatro Cervantes de Cañada, donde se despidieron, como es de suponer, con el Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez.
Aunque en el Río de la Plata las atracciones circenses surgieron al promediar el s. XVIII y se afianzaron en las primeras décadas posteriores a mayo de 1810, durante la época de Rosas y también después de su caída, fue en verdad a fines del s. XIX cuando ellas se convirtieron en el espectáculo que llegó a gozar de mayor adhesión popular. Entre los circos pioneros de Buenos Aires se contaron, después de 1860, el Flor de América de la familia Suárez, el Chiarini, que recorrió toda América, el Europeo, el de los Casali, gringos acriollados que anduvieron por Cañada de Gómez, donde ofrecieron algunas funciones a fines de 1886, el Francés, el de los hermanos Carlo, el de Anselmi, las compañías Guillaume, que ofrecía sus funciones en el Circo Arena y la Ecuestre de Courtney y Sandford, la Troupe Pereyra y el Frank Brown’s Circus. Según Raúl H. Castagnino,
«… durante los años subsiguientes cobran personalidad definida en el historial del circo criollo las figuras de Pablo Raffetto, luchador, hércules y empresario; de los hermanos Podestá, particularmente la de Pepe Podestá; y la de un clown inglés, radicado entre nosotros: Frank Brown. En torno de ellos se centrarán las actividades de otro de los momentos propicios que conoce el circo en el Río de la Plata».1 Y a propósito de Frank Brown, un trabajo sobre Teatro, Circo, Arte Lírico señala que «su éxito fue tan grande que optó por radicarse definitivamente en el país, a lo que contribuyó seguramente, la complicada historia de amor que vivió con Rosalía Robbis, más conocida como Rosita de La Plata, una famosa écuyére (que) rompió su vínculo anterior y se le unió para siempre…» 2
En cuanto el genovés Pablo Raffetto, que había nacido en 1842, arribado a Buenos Aires hacia 1869 y moriría en Córdoba en 1913, se lo recuerda como uno de los más famosos cultores de la grecorromana en Europa que, cuando tenía veinticinco años, se enfrentó con el francés Rogert Cadet, a quien promocionaban como «el rey de los luchadores del mundo», en el Real Circo de Marsella, obteniendo un triunfo tan contundente como el que lograría en Turín frente a atletas de varias naciones. Se lo apodaba cuarenta onzas, porque luego de haber concertado en Génova un encuentro con el «invencible campeón francés de lucha romana, señor Amateur», el que sería presenciado por más de 20.000 espectadores, formalizó una apuesta por esa cantidad de monedas de oro, y luego de vencerlo sin atenuantes, los jueces consideraron que la puesta de espaldas no había sido correcta y determinaron que debían trabarse en un nuevo asalto, en el que Raffetto sólo necesitó cuatro minutos para doblegarlo nueva y contundentemente, al tiempo que exclamaba que esta vez si no le daban las cuarenta onzas no lo largaba. Y cuando se las dieron el público lo llevó en andas mientras toda la concurrencia gritaba «¡Viva Cuarenta Onzas!»... 3
Este forzudo y cirquero tan singular se hizo famoso en la Argentina por sus triunfos ante fuertes contendientes, sus habilidades físicas, sus demostraciones de vigor corporal y también por el «número del cañón», al que se lo colocaban «cruzado sobre los hombros y un artista encima con dos banderitas que hacía flamear después que encendía la mecha y efectuaba el disparo», aguantado por él a pie firme... Raffeto, que en 1882 inauguraría el Politeama Humberto Primo, recorrió todas las provincias y también estuvo en Cañada de Gómez, donde ocurrió un olvidado pero notable suceso que relatara Raúl H. Castagnino:
«Ese mismo cañón, recordaba Raffetto en un reportaje, tuvo un triste fin: prestado por su dueño a una Comisión de la sociedad alemana de Cañada de Gómez para hacer salvas durante unas fiestas, estalló después de prestar servicios durante dos días. Al reventar hirió a varias personas que se hallaban cerca»4.
No se tienen precisiones respecto de la fecha en que sucedió dicha explosión, pero se conserva un programa datado el 25 de enero de 1889 de la «Gran Función de Gala a beneficio de los célebres artistas Srtas. Rosa y Margarita Raffetto, las que tienen el honor de dedicar su función de gala al distinguido señor don Evaristo Araya, Jefe Político de Bell Ville, Dpto. Unión y al público en general» y, gracias a ese testimonio, es posible formular un par de inferencias. La primera, que la explosión de su cañón debió ocurrir antes de ese año 1889, porque en el detalle del espectáculo «ecuestre y de novedades» no aparece esa bélica atracción. La restante, que sus actuaciones en Bell Ville sugieren que en esa gira de 1889 él también debió pasar con su troupe, que había reforzado «la renombrada familia Scotti», por el pueblo en que había estallado su herramienta de trabajo…5
Una de las familias de actores y cirqueros preferidas por el público de entonces era la conformada por cinco hermanos oriundos del Uruguay, Jerónimo, José, Juan, Antonio y Pablo Podestá, secundados por algunos sobrinos, entre los que descollaba María La Rubia. Integrando la compañía Rosso-Podestá, hacia 1880 ellos habían obtenido mucho suceso en el Jardín Florida, lugar que se haría célebre en nuestra historia política por haberse realizado en él uno de los famosos mitines que precedieron a la Revolución del 90. Cuando cuatro años después pasaron al Politeama Humberto Primo, tal vez su mayor atracción estaba en el monólogo del Payaso Pepino el 88, interpretado por José Podestá, cuyo apelativo se debió a que «como su traje de clown se hallara algo desmejorado con las andanzas del oficio, hubo de ser remendado o recompuesto y quiso la casualidad que las tijeras que cortaron las tela para un remiendo en colores a aplicarse al traje viejo diseñaran dos ochos»6
En ese tiempo gobernaba el país Miguel Juárez Celman, cuya vacilante y corrupta gestión originaría una grave crisis económica y política que eclosionó en la ya mencionada Revolución del 90, y Podestá tuvo el enorme acierto en poner en evidencia y ridiculizar los aspectos más cuestionables de ese gobierno y de los sectores dominantes de ese momento, como bien lo apuntara Víctor Pérez Petit:
«Ágil, observador, ducho en iniciativas, comprobó que a nuestro público le atraían las cancioncillas, sobre todo cuando escondían en su entraña alguna burla o alguna crítica contra los políticos y las taras sociales; y comenzó entonces a aderezar su actuación con tonadas y estilos que de seguida se hacían populares. Así aquélla, que aún muchos recordarán, llena de intención satírica y con su poquito de filosofía, La basura que se barre/ no deja de ser basura, /y aunque en el aire se suba, /basura queda en el aire. »7
Enrique García Velloso, eminente dramaturgo, periodista, crítico y autor de un centenar de obras teatrales nacido en Rosario en 1880, pudo presenciar en su ciudad natal, siendo muy joven, el «espectáculo ecuestre, acrobático y de drama criollo que ofrecían los hermanos Podestá», escribiendo luego una magnífica página que recrea vívidamente la admirable caracterización con la que José noche a noche merecía entusiastas ovaciones:
«Pepino el 88, con un traje de volados multicolores, luciendo una peluca blanca dividida en dos jopos laterales en punta, con la cara toda de albayalde y la boca ennegrecida por un chafarriñón en forma de ocho, constituía la principal atracción del programa. No era el clown que se da de bofetadas con el tony, ni el saltimbanqui que dice arbitrariedades e incoherencias, sino un extraño personaje político, en ocasiones espectador del circo, que era el primero en holgarse muchísimo de las boutades del payaso… Pepino el 88, además, ejecutaba canciones que él mismo se las componía y que alcanzaron una popularidad asombrosa en toda la República… Ahora mismo dejo la pluma para recordar el estribillo de La Lotería y me parece estar oyendo el bombardino de la murga del circo que le acompañaba la canción… Sí… ¡lo estoy oyendo!... mientras Pepino decía, Por causa de la lotería /perdí yo mi capital /y no tengo en el bolsillo /ni un centavo nacional…»8.
PÉREZ PETIT, VÍCTOR: «Defensa del Drama Criollo» en La profesionalización de la crítica literaria, antología de Roberto F. Giusti, Rafael A. Arrieta y otros, Bs. As., Centro Editor, 1980, pág. 70
2 Ibíd., pág. 79
3GARCÍA VELLOSO, ENRIQUE: «José Podestá y Juan Moreira» en: Revista de Historia de Rosario, Rosario, nros. 21 – 22, julio – diciembre de 1971, pág. 48 y 49.
4 Ibíd., pág. 55 y s.
5LÓPEZ ROSAS; RAFAEL: «Gabino Ezeiza, payador y revolucionario», en La Capital, Rosario, 23 de diciembre de 1981.
6 CASTAGNINO, RÁUL H.: «El circo criollo», Bs. As., Plus Ultra, 1969, p. 42 y ss.
7 «Teatro, Circo, Arte Lírico» en Historia de la Argentina, director FÉLIX LUNA, Bs. As., Ed. Sarmiento, 1992, p. 15.
8 CASTAGNINO, RÁUL H., óp. cit., pág. 48 y 49
La esposa de Rafetto y el luchador, en su vejez y en su juventud.




































