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Me siembras con tu incendio

desnudando el origen de mis desiertos.

Me dejo crecer inaugurado

como un niño que despierta al hambre,

 

en un desorden de manos por alcanzar el sosiego

de los signos vitales de los genes.

Por cuanto tiempo sin relojes

el engranaje de mis sedes

te servirá de universo expropiador de estrellas.

Que importa el avance de los días

si los dos somos uno,

en esta última hora del presente

surtidora de éxtasis.

Si la rosa muere,

también puede morir el amor después de darlo todo.

Te amo ahora, sin reservas,

licuado en tus brazos y húmedo del cosmos

con umbrales de lloviznas,

ocupando la absoluta medida del amor

hasta disolverme en tus entrañas,

porque mañana, tal vez no exista.