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El austero comedor del internado de la Escuela Italiana Umberto Primo, s. XIX. Sobre una puerta se lee: Per la familia e per la patria.

El 17 de junio se cumplen ciento cuarenta años de la fundación de la primera entidad de Cañada de Gómez, la Sociedad Italiana Unione e Benevolenza. A esa fundación y a los primeros tiempos de la entidad refiere este texto, que en verdad es el capítulo II del libro El Verdi, que el autor publicó en el año 2008.

Por Gerardo Álvarez

 

Al atento lector le habrá resultado extraño que la historia de una sala teatral se iniciara en el capítulo anterior a través del relato de una batalla, que en verdad fue una matanza, y en respuesta a su comprensible curiosidad conviene aclarar que esa referencia se fundamentó en la necesidad de encontrar los más lejanos antecedentes que vinculan de manera entrañable “al brazo y al espíritu italiano” con Cañada de Gómez, donde no pasaron inadvertidos para el sensitivo primer cronista del poblado, Elías Bertóla, el alcance, el brillo y la relevancia que en ella tuvo “L´ opera degli italiani”. Y ahora, para continuarla, a fin de comprender cómo pudo erigirse en el pueblo establecido en el paraje al que daría nombre ese hecho de armas, y a tan sólo medio siglo de su incipiente formación, un edificio destinado al cultivo de las más altas expresiones de la escena y la música del porte y de la jerarquía del Teatro Verdi, es también indispensable reseñar cómo se organizaron institucionalmente en él, desde fines del s. XIX, los visionarios inmigrantes que constituyeron, como en buena parte de las ciudades y pueblos del país, una “societá di mutuo socorso”, a través de la cual la fuerza del conjunto ayudaba a mitigar los rigores del desarraigo, a afrontar situaciones adversas y a mantener viva la “malincunía” por la Italia que se habían visto obligados a dejar atrás.

En su libro sobre la “Historia de los Italianos en la Argentina” Fernando Devoto señala que para intentar “una aproximación al número de italianos ... que participaban de ámbitos étnicos formalizados establemente como miembros de alguna institución italiana en la Argentina”, es pertinente considerar cuántos integraban alguna de las sociedades de socorros mutuos de la colectividad. Para dar respuesta al interrogante dicho trabajo precisa que “el censo de 1914, que coincide con el final del período más floreciente de las asociaciones italianas en la Argentina ... nos muestra que por entonces 144 mil italianos eran miembros de alguna de las 463 asociaciones mutuales registradas” y que dicho número comprendía al 18% de los italianos residentes en el país. Pero además, antes de distinguir entre las instituciones italianas a las sociedades de ayuda mutua, los círculos sociales y los entes de índole económica, ese agudo historiador brinda una muy útil valoración de la importancia de las que existían en el país en su tiempo de mayor esplendor: “Más allá de la amplitud de su influencia, un rasgo característico de las instituciones comunitarias italianas en la Argentina era su fortaleza, si se las compara con las que crearon en otros países. En ningún lado hubo sociedades, mutuales o no, que por número de socios y capital pudiesen equipararse a las argentinas...”

El 2 de junio de 1883 poco más de veinte italianos de Cañada de Gómez se reunieron con el fin de constituir la Societá Italiana Unione e Benevolenza, que fue fundada el día diecisiete del mismo mes, teniendo como objetivos “el socorro, la instrucción, el fomento del patriotismo en pro de la Argentina e Italia y el progreso en general”. Ese animoso grupo de pioneros estuvo integrado por Eugenio y Martín Bocchietto, Saverio Calace, José Baoletti, Antenor Beltrame, Juan Ceschina, José Ceriani, Bautista Ferrero, Alejandro Pautassi, Víctor Perrazo, Bautista Sironi, Juan Follia, Angel Frangi, Alberto Giacchello, Cipriano Iermoli, Miguel Manassero, José Mirándola, Bautista Nícoli, Aquiles Pamperi, José Ancheri, Luis Crosetti, Carlos Zanotta y Florencio Varni. Eugenio Bochietto fue el primer presidente de la nueva entidad y lo acompañaron como directivos Fernando Albasini, Bautista Nícoli, Florencio Varni, Félix Pagani, Nicolás Martelli, Santiago Re, Juan Brussa, Alberto Giachello, Nicolás Isnardi, Enrique Manzotti, Aquiles Puricelli y Juan Follia.

En 1884 la institución compró tres lotes y edificó un modesto edificio sobre calle La Plata, ahora Moreno, que todavía se encuentra en pie, aunque parte del mismo fue demolido en 1923 para dar lugar a la construcción del Teatro Verdi. Hacia 1887 comenzó la edificación del Salone XX Settembre, que fue el primer teatro de Cañada de Gómez y sirvió también para que en él se celebraran las fiestas de la colectividad, entre las cuales la más tradicional era la que evocaba la legendaria entrada de Garibaldi en Roma aquel día de 1870 que recordaba el nombre mismo del edificio. Los directivos que impulsaron la obra tuvieron asimismo en cuenta la posibilidad de utilizarlo como lazareto en caso de epidemias, entre las cuales estuvo la del cólera que asoló la región en el verano de 1887-88, como ya lo había hecho en el de 1867-68, de la que se registraría un nuevo brote en 1895.

Hacia 1894 se ampliaron y embellecieron las edificaciones que sobre calle Rivadavia ocupaba la Scuola Italiana, contiguas al XX Settembre, cuya fachada denotaba una clara influencia italianizante impresa por los desconocidos maestros albañiles que diestramente la realizaron. Esta obra, que constituyó un interesante aporte a la arquitectura local, lamentablemente fue demolida en la década de 1960. El arquitecto Jorge Terradez, que tuvo oportunidad de conocerla por ese entonces, la describió con estas certeras expresiones: “A partir del Renacimiento la calle se convierte en el elemento ordenador de perspectivas, jerarquizaciones, normalización de planos e indicador de ritmos. Esta tendencia se prolonga en el tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez es más necesario confirmar el carácter de unidad económica de la ciudad señalando el uso de su tierra, la economicidad de su trama. Los elementos arquitectónicos del Renacimiento se prolongan así en la manzana española o aún en las de trama a la inglesa, como en las de las poblaciones que genera el Ferrocarril Central Argentino. Tal ocurre con el Salone XX Settembre, más aquí por el destino del edificio, el origen itálico de los que lo erigen y la evidente permanencia en el tiempo con que se lo pensó. El cuerpo principal se divide en tres campos y fuertes columnas adosadas corintio-toscanas apoyadas en un zócalo continuo del frente sostienen de a pares frisos resaltados que individualizan correctamente el campo central con su puerta de medio punto, distinguiéndola de las dos ventanas apenas peraltadas que son entonces las alas del conjunto. Por sobre los frisos resaltados el coronamiento se transparenta en balaustradas, mientras la zona central no sólo es opaca sino que tiene un coronamiento triangular, tímpano muy fuerte, donde se insinúa un arco de medio punto ciego. Lo demás son acentos a esta idea: las pilastras menores que enmarcan las ventanas y las guirnaldas sobre ellas, el refuerzo del medio punto central; los copones del coronamiento no son sino el digno “decor” que el Salone debe tener. Equilibrado, bien plantado, tiene la virtud de resumir un lenguaje expresivo de manera natural, anónima. El único toque de Gran Aldea lo dan curiosamente elementos tan funcionales y pedestres para la época, como los hermosos faroles que flanquean la entrada. El resto: un diccionario renacentista bien consultado y expresado”.

En el Salone XX Settembre tuvieron un tímido comienzo las inquietudes artísticas y culturales del floreciente pueblo. Allí se realizaban veladas escolares y patrióticas, en las que eran infaltables los “cuadros vivos”, actuaban compañías pioneras del teatro nacional y otras de origen italiano, como así también bandas de música o conjuntos musicales que cultivaban el repertorio lírico o zarzuelero, sin olvidar las “troupes” con luchadores, ilusionistas, malabaristas y prestidigitadores... No es mucho lo que se conoce sobre los espectáculos en él representados desde fines del s. XIX y en las primeras décadas del XX, pero se sabe que una famosa compañía italiana, que llegó por primera vez a la Argentina hacia 1891, la del notable actor Gaetano Cavalli, en 1905 escenificó con su numeroso elenco la obra “Il medico delle Signore”. Allí tuvo lugar la velada literario-musical preparada por la Comisión de Fiestas del Centenario de Mayo, en 1910, en la que luego de entonces el Himno y escucharse el discurso de circunstancias hubo recitados y monólogos, se cantó alguna romanza y se representó la zarzuela “Quien fuera libre”, la comedia “Sueño dorado” y un cuadro vivo preparado por un grupo de chicas y jóvenes de aquel tiempo, quienes además integraron la orquesta que actuó en la ocasión dirigida por Santiago Malori. Y también se sabe, gracias a los frescos recuerdos de Goritzia Piccinini, que a fines de la década de 1920 ofreció un concierto para los alumnos de la Normal en ese recordable Salone nada menos que el eminente guitarrista hispano Andrés Segovia, quien tal vez se haya presentado también en el Verdi. Un comentario del periódico “La Nota” indica además que unos lustros más tarde disertó allí el erudito musicólogo Kurt Pahlen, nacido en Viena en 1907, quien luego de graduarse en ciencias musicales en su Universidad, se radicó hacia 1939 en la Argentina, donde dirigió orquestas y coros, integró el directorio del Teatro Colón y escribió una “Historia gráfica universal de la música” y un “Diccionario de la música”.