
Nota 1a. Por Gerardo Álvarez
Hacia 1869 la Compañía de Tierras del Ferrocarril Central Argentino, que se ocupó de poblar las colonias agrícolas que se iban creando en torno de las
estaciones habilitadas y cuyo superintendente era Guillermo Perkins, tenía confeccionado ya el plano de Cañada de Gómez, en el que estaban previstas dos plazas, una al norte de las vías y otra al sur, las cuales recibieron años después las respectivas denominaciones de República y Argentina, siendo esta última denominada también Vieja. En las actas de la Comisión de Progreso Local, luego Comisión de Fomento, son frecuentes las menciones a la primera de ellas, ahora San Martín, pero no ocurre lo mismo con la existente al sud de la Estación, a la que se hizo referencia en un acta comunal del 11 de noviembre de 1899, en razón de un pedido de la Banda Musical Sud Americana que quería concretar una romería en la Plaza Vieja Sud, en la que por esos años realizaba ese tipo de festejos populares la Asociación Española. Y en el invierno siguiente, agosto de 1900, «se resuelve que habiéndose de podar las plantas de la plaza argentina y solamente serán las acacias que deberán podarse y en cambio del valor del trabajo se le entregará las ramas de dicha poda» a quien efectuase la tarea. Don José Cantori, que alcanzó a conocerla en sus últimos días, supo comentar que se acordaba de «que nosotros pasábamos con la vagoneta, veníamos de la chacra de mi tía Victoria Bernacchia en campo Torriglia, y veíamos que en la manzana de la Plaza Argentina había muchos árboles y que los estaban cortando, que hacían pozos alrededor de los troncos tronchados y de las raíces y los quemaban...»
Los vecinos más antiguos del Barrio Sur conservaban o conservan imborrables vivencias del tiempo en que eran chicos, durante las décadas de 1920 a 1950. Uno de ellos, don Tomás Mora, se emocionó al ser interrogado al respecto y respondió con mucha melancolía: «Bueno, recuerdo que mi barrio fue un lugar muy sagrado, muy lindo, un barrio en el que se criaron infinidades de chicos como yo, de la edad mía...» Y después cuando se le preguntó que había donde ahora está el estadio del Club América, señaló que allí estaba «la plaza principal que tenía Cañada de Gómez, la primera plaza que hubo, hasta que se hizo la otra, la verdadera plaza de nuestra ciudad...». En verdad ese espacio verde figura en los más antiguos planos del pueblo junto a la otra, lo que indica que debieron urbanizarse al mismo tiempo, pero para don Mora la primera fue la del sur, la que conoció de niño... Su testimonio, que no alude a acacias sino a los tan comunes paraísos del Cañada viejo, agrega que «la plaza era toda la manzana y tenía todos paraísos alrededor, quizá los años que tenían esos paraísos... y era una plaza de paseo para los chicos, la juventud y para la gente grande, pero no tenía ni piso, ni busto, ni nada de eso, era una plazoleta como muchas que tienen su jardín... todas esas cosas». Enzo Ansaldi, otro vecino del barrio que vivió siempre en López al 600, recuerda perfectamente «que en la mitad de cuadra ella tenía un letrero de madera pintada en el que se leía Plaza Argentina».
Al hacer mención a dicha Plaza Argentina, de la que se conservan tan escasas referencias, no puede dejar de relatarse lo acontecido en ella «en la noche del último domingo de carnaval de 1900». Según precisa Elías Bertóla en sus Apuntes, un joven soltero, «más bien de carácter alegre y burlón, repartidor de la licorería de Costa y Falcone», compró una soga como de veinte metros de largo y con ella en la mano fue a despedirse de sus amigos y relaciones anunciándoles que pensaba ahorcarse, lo que explica que en ese libro se titule esta historia
«Ramon Camont – una muerte anormal». Dado su espíritu jovial, quienes eran informados del lúgubre propósito bromeaban con él, lo «felicitaban por la ocurrencia» y hasta hubo uno que observó el excesivo largo de la soga, por lo que le pidió tres trozos para dar a cada uno de sus hijos una cuerda para saltar, «a lo que Ramón accedió gustoso», hasta que su periplo lo llevó frente a la oficina de encomiendas de la estación, donde «había cerca una antigua y grande planta de mora» y allí su amigo el francés monsieur Plé, del que era paisano, al verlo mirar el árbol «tan estático le preguntó que pasaba», constando en la página 181 de su delicioso libro el final de la triste historia: «Ramón le contestó que andaba buscando una rama que le viniera bien pues tenía que ahorcarse a la noche, y Plé le dio a entender que de hacer eso en aquel lugar molestaría a muchos empleados del ferro-carril que serían llamados a la Policía para declarar, mientras que a pocos pasos estaba la plaza vieja con numerosas y grandes plantas de paraísos más aptos para elegir ramas a su gusto y sin molestar a nadie. A Ramón el consejo le pareció superior. Se dirigió a la plaza y eligió una planta en el centro de la misma y el pobre a la noche cumplió el programa... que se había propuesto. El lunes, por la mañana temprano un muchacho panadero fue avisando que en la plaza habían dejado un Judas sin quemar... No dejó ningún escrito y solo guardaba en el pecho algunos retratos de su familia, que residía en Rosario».
Cuando la Compañía de Tierras del F.C.C.A puso en venta los solares del pueblo los hermanastros Augusto Schnack y Pedro Reün compraron, en 1870, los dos primeros lotes en la manzana nº 9 al norte de las vías, mientras que recién un par de años después se vendieron los primeros terrenos en el Barrio Sur. Juan Bianchi, un italiano que había residido en la Cañada Vieja fundada por Cirilo Peralta en las cercanías de Las Trojas, fue el primer adquirente que el 15 de febrero de 1872 compró los lotes uno y dos de la manzana número nueve, delimitada por el boulevard Guido, ahora López, y las calles Progreso, es decir Iriondo, Belgrano –Callao– y la cortada Porvenir, que actualmente lleva el nombre del primer habitante y jefe de estación, Pedro Reün. En ese predio, ubicado frente a la manzana que luego sería la Plaza Argentina, Bianchi levantó una de las primeras casas del barrio y de Cañada, precisamente en Guido y Porvenir, ahora Pedro Reün, que no tenía ochava pero sí dos puertas grandes en la esquina, protegidas por pasadores de hierro y trabas de madera, y que constaba de una gran sala, cocina y un par de dormitorios en la planta baja, dos sótanos y un mirador en sus altos, construido seguramente para desde allí atisbar la posible asechanza de malones o gauchos matreros. Se sabe que en el patio de esa casona había un aljibe, una pérgola con perfumadas glicinas, un gran parral y numerosas tunas que se extendían hasta sus fondos, hacia la calle Progreso. Y también hay noticias de que tiempo después ella fue conocida como «la casa de doña Ángela Pavón», quien descendía de una familia bien criolla del Fraile Muerto, es decir Bell Ville, era la viuda de uno de los hijos de Bianchi y después se casó con un policía de apellido Martínez.
El 19 de agosto del mismo año 1872 John Owen adquirió el lote nº 1 en la manzana nº 11, también del Sur, delimitada por Guido, Concepción y Belgrano y Quito, que ahora se llaman Callao y Ovidio Lagos. Algo después, el 22 de noviembre de ese año, James Cía, la empresa de acopio de cereales constituida por Enrique James y Pablo Krell, el primer colonizador de la actual estancia del Sel, que tenía sus instalaciones en boulevard Balcarce y calle Estación, ahora Félix Pagani, compró el lote nº 8 de la manzana nº 10 (Guido, Estación -ahora Edison-, Belgrano y Concepción) y el 29 de noviembre siguiente C. Zagania fue el adquirente de los lotes nº 1 y 2 de la misma manzana, todos los cuales fueron los primeros titulares de dominio en el Barrio Sur de Cañada de Gómez.

































