En este tercer fin de semana de Pascua, estamos celebrando la vida una vez más. El Evangelio, en este caso de Lucas, nos presenta la

dificultad para reconocer tu presencia resucitada. Los discípulos de Emaús no te ven; algo les impedía reconocerte, dice el Evangelio.

Solamente te reconocerán después, al partir el pan. Me parece claro que el mensaje es que ya no te veremos físicamente, que la resurrección trasciende los acontecimientos de la historia humana y que ahora hay que encontrarte de otra manera. En este caso, en el signo de la Eucaristía, en el pan que se parte y se comparte. En este misterio de un Dios hecho pan, hecho alimento, hecho fraternidad. Un Dios presente cuando estamos reunidos en tu nombre.

Reconocerte en las señales, en los signos. Los signos nos obligan a elegir. Ante el sepulcro vacío, María Magdalena —según el texto de Juan— pensó primero que se habían robado el cuerpo; Juan, en cambio, vio y creyó. El mismo signo, distintas conclusiones.

La fe es tomar riesgos. La fe es la garantía de lo que no vemos, dice la Palabra. Animarse a creer, animarse a ver donde otros no ven. Encontrarte en las pequeñas señales y descubrirte en las personas, donde estás más escondido. Reconocerte en los acontecimientos de la vida cotidiana.

En el camino, a los discípulos les ardía el corazón por la Palabra. Una Palabra que haga arder el corazón para reconocerte al partir el pan: esa es la propuesta, la invitación que tenemos hoy, cuando nos encontremos a celebrar la Eucaristía.

¿Cuántas de nuestras Eucaristías hacen arder nuestro corazón, Señor? ¿Cuántas nos ayudan a reconocerte al partir el pan? ¿Cuántas son verdaderamente de Pascua, celebraciones de vida? ¿Cuántas transmiten alegría, entusiasmo, ganas, buen clima de comunidad?

Hay que convertirnos, Señor. Hay que transformar nuestras Eucaristías en celebraciones que nos ayuden a reconocer tu presencia, a descubrir que estás vivo entre nosotros.

Estamos en el camino, Señor. Así llamaban a los cristianos antes de que en Antioquía los llamaran “cristianos”: eran los del Camino, los que caminaban. Ayudanos a caminar en medio de las oscuridades de este tiempo, de guerras, exterminios, genocidios, odios, rencores, desencuentros y violencia.

Ayudanos a recorrer el camino de la comunión, de la fraternidad, del encuentro. El camino de ese pan que nos hace familia, como decía Pablo a los corintios: si comemos del mismo pan, formamos un solo cuerpo.

Ayudanos, Señor, desde la diversidad, a vivir en la alegría de la comunión y la fraternidad, a ser testigos de la esperanza, de tu presencia sencilla, callada, pero firme y viva entre nosotros.