El Mesías
1) Templo: Uno tiene que enfrentarse a la multitud del recuerdo del pasado. No solo tienes que explicar lo sucedido a quienes corresponda, sino que
también te lo tienes que explicar a vos mismo. Esto uno puede explicarlo en función de la genética, diciendo: “Lo que pasa que vengo de una familia así”. Otra es explicar desde la incompatibilidad, justificando que “El otro tiene la culpa”, “El otro es el que hizo esto”, “El otro tiene la culpa de lo que te pasa o te pasó”. Pero también asumir excesivamente una culpa y decir a todo el mundo que no te mereces nada, hasta podés espiritualmente justificar diciendo “El demonio me puso esto”. Otra es racionalizar en exceso. Para bien o para mal hay una cantidad de explicaciones en exceso. Las explicaciones nos fortalecen o nos debilitan. La explicación puede ser un catalizador en el tiempo o una aprisionadora con barrotes de hierro en una celda, un luto eterno. Un luto que no te deja disfrutar a los que sí quedaron vivos y eso depende de nosotros. No podemos cambiar el pasado, pero podemos aprender de él. Es así como se cambia el futuro. No podemos estar toda la vida diciendo “Yo tendría que haber nacido en otro lado”, “Yo tendría que haber hecho esto”; “Yo tendría que haber hecho lo otro.”
2) David: Un tropiezo no define ni rompe una persona. El fracaso en algún momento nos va a alcanzar. En las librerías sobran libros de cómo tener éxito, pero pasará mucho tiempo hasta que encontremos un libro que diga “Cómo tener éxito en el fracaso”. Tal vez porque nadie sepa cómo decir eso. Pero Dios nos brinda la Palabra, para recordarnos que sí está el éxito ante el fracaso y el fracaso ante la búsqueda del éxito. David fue un fracaso moral y, sin embargo, Dios lo usó; Elías sufrió un descarrilamiento emocional, pero Dios lo bendijo; Jonás estaba en la barriga de un pez y Dios lo escuchó. Personas perfectas claro que no, pero perfectamente desastrosas. Sin embargo, Dios los usó. Dios usa los fracasos de Josué para enseñarnos qué hacer con los nuestros.
3) Agrado: Tenemos que practicar la habilidad de decepcionar a la gente, porque al buscar complacer a todo el mundo uno nunca lo va a hacer. Decepcionar a los demás forma parte del crecimiento y, si siempre tienes miedo de decepcionar a alguien, puede ser que tienes miedo “porque esa persona no es fuerte para asumir” y lo otro es “Te crees tan importante como para asumir el rol e que tienes que tratar como un niño a la otra persona”. Decepcionar a la gente es difícil porque somos personas acostumbradas a complacer a los demás, pero decepcionar a veces es necesario. Es necesario para marcar límites o para mantenerte firme y es necesario para convertirte en un guía.
Algo bueno está por venir.
Misioneros Digitales Católicos


































