"No puedo, pues, admitir y, como consecuencia, dispensarte de la meditación sólo porque te parezca que no sacas ningún provecho. El
don sagrado de la oración, mi querido hijo, lo tiene el Salvador en su mano derecha; y a medida que te vayas vaciando de ti mismo, es decir, del amor al cuerpo y de tu propia voluntad, y te vayas enraizando en la santa humildad, el Señor lo irá comunicando a tu corazón"



































