No somos pocos quienes pensamos que la pandemia está dejando al descubierto una infinidad de cuestiones que tienen que ver con

el comportamiento tóxico - individual y colectivo - dentro de un sistema, el que hoy impera y acepta la mayoría de la gente en el mundo: el Neoliberalismo o nuevo Capitalismo, como se lo quiera llamar.

Desde el inicio de la pandemia escuchamos frases como “que nada volverá a ser como antes, que el ser humano tomará consciencia de lo que hace al medio ambiente y, por ende se hace a sí mismo, etc”. Y mientras oímos eso subyace el deseo de la mayoría que pretende volver a vivir como antes… “Se anhela el retorno a la vieja normalidad”. Es decir, recuperar la vida tal cual se la tenía antes de la llegada de Don Covid y sus males.

Naturalmente, me refiero a mayorías con cierto grado de confort (entre las que me encuentro) y con tres o más comidas diarias,
porque hay millones de personas que ni pueden plantearse cuestiones básicas como “comer lo necesario o darse un gusto burgués de esos que flipan”.

En realidad, todos hablamos de cambios necesarios pero casi nadie está dispuesto a salirse de una hoja de ruta que - aunque suene apocalíptico - viene dando señales claras que está llevando a la humanidad y al planeta entero a la destrucción (a menos que se ponga un freno colectivamente).

Lo del cambio climático es considerado como un problema real y, a la vez, bastante ajeno a nuestras posibilidades de hacer algo más que incidir separando la basura, utilizando menos plásticos o - como ocurre en Europa - comprando un coche híbrido o eléctrico (si sobran algunos euros que faltan a la mayoría para vivienda y/o comida).

Todo lo demás deberemos dejarlo en manos de ecologistas, gobernantes y entendidos.

Actuamos como niños pequeños que esperan que papá y mamá les acerquen la solución o marquen el camino.

Por otro lado, la idea de que el mercado y la competencia son los motores que dinamizan la vida y lo resuleven todo “no admite argumentos en su contra”. Aunque sea un pensamiento pobre, mezquino y repetitivo opera en el interior del hombre moderno como un dogma, una especie de nueva  religión. Es algo que ha marcado a fuego a la mayoría social y no hay nadie capaz de contrarrrestar esta idea sin que sea denostado o calificado de nostálgico, populista, zurdo, retrógrado o delirante.

Toda alternativa que surja para ponerle un freno de mano al Neoliberalismo es pulverizada con la frase: “La gente tiene que comer y
sin producción no hay alimentos”. Y ahí se termina el debate, como si estuviésemos en un callejón sin salida y las desigualdades e injusticias sobrevinieran por obra y gracia de Dios o el destino; cualquiera de ellos “más bien de nuestro lado”, por supuesto.
Casi nadie habla desde otra orilla sin caer en la inutilidad del excepticísmo lúcido o en las trampas de las contradicciones evidentes que plantea la lógica capitalista.

Y cuando alguien lo hace, “el mismo sistema tiene sus recursos para desautorizarlo y aislarlo”; estigmatizándolo y
ridiculizándolo con evidencias (infundadas o no) de sus indadmisibles incoherencias”. Hoy aparecen los medios de comunicación y las redes sociales como instrumentos fundamentales para tal obra. Y si con eso no alcanzara, pues está el poder judicial con más de un juez servil - canalla para recoger el guante.

Mundo académico, otro fracaso
El fracaso del mundo académico podemos obervarlo en la incapacidad de generar cambios imprescindibles en el ser humano y la sociedad. Es evidente que el academicísmo actual es obsoleto y está anquilosado, más o menos como las estrategias de las izquierdas en el mundo.

Aunque resulte obvio, no está de más recordar que en las mejores universidades del planeta hoy se forman la mayoría de los dirigentes del mundo desarrollado. No solo los políticos, también los funcionarios y los empresarios que “directa o indirectamente gobiernan en cada uno de los países”, además de cientos de miles de personas que los sostienen.

El ejemplo de Estados Unidos con un presidente como Donald Trump y su principal oponente Joe Biden, es una muestra palpable de lo que sale de las consideradas “mejores universidades del mundo”. Ambos son parte de ese universo político que el lingüista, filósofo y politólogo Noam Chomsky llamó “como el partido de los negocios” (el único exitente en Estados Unidos) que no solo son votados por millones de norteamericanos sino también gozan de la simpatía de buena parte de la gente politizada del
planeta de ideas muy conservadoras o su versión más “light”: los socialdemócratas.

Control universitario
La formación universitaria no puede liberarse del condicionamiento que significa formar sujetos para ocupar un lugar dentro de un sistema. La obsesión por elevar el nivel acádemico a través una mejora curricular no pasa más que por constantes revisiones del diseño de los contenidos, siempre orientados a proporcionarle al estudiante mejores perspectivas profesionales vinculadas básicamente a atender las demandas del mercado laboral. Un mercado, a su vez, regido por las exigencias del
sector financiero que controla el flujo de capitales y las políticas de la mayoría de los países.

Se insiste en mejorar bajo el mismo patrón de “educar al ser humano para vivir en torno a la única idea de competir para progresar, cumpliendo las expectativas, deseos y mandatos ya impuestos”.

La dignidad e integridad que demanda la construcción de nuevas e imprescindibles estructuras sociales quedan en un segundo plano.

Inmersos en ese mundo, el otro se convierte en un instrumento para los propios fines y el mérito personal eclipsará toda posibilidad de darse cuenta de lo marcado que estaba el camino que se transita. Un camino donde el centro está fuera del sí mismo, alejado de lo espiritual y la consciencia, donde los demás ocupan un espacio más vinculado a la “utilidad” que a la confraternidad.

Los dolores del alma
No hay pandemia capaz de golpear el ego del hombre moderno?
No hay dolor capaz de despertar la sensibilidad necesaria?
No habrá fuerzas que puedan romper el sistema de defensas mentales que hace nacer la educación actual?
No hay capacidad para que de la oposición discursiva autocompaciente “más seres humanos seamos capaces de pasar a una acción asertiva” que implique los cambios que demandamos?

No pocos terapeutas y filósofos coinciden en afirmar que la gran insatisfacción que existe hoy en el mundo tiene su orígen en el
alejamiento de Dios, del Tao, de Uno mismo, de la Naturaleza (cada uno desde su creencia o “no creencia” le pondrá su nombre), y que pretender sustituir todo con lo material aleja al ser humano de la propia conciencia, de la posibilidad de alcanzar una mínima felicidad y lo convierte en algo útil para el sistema; apenas en eso: “Algo de mera utilidad.”

Algunas vez Krishnamurti, orador, filósofo, pensador, pero sobre todo un fervoroso “promotor de una revolución psicológica para llevar a cabo un cambio positivo en la sociedad global, dijo: “Serás un hombre consciente o apenas lo que el mundo quiera de ti”. Y qué quiere el mundo actual, el mundo Capitalista Neoliberal de nosotros?

Evidentemente, que la retórica del progreso y una democracia dirigida por grupos de poder que manejan una tecnología bestial capaz de dominarlo todo, solo deja espacio para el voto y una visión darwiniana de la vida.

Pareciera haberse impuesto entre nosotros la idea de que la realidad es inmodificable.

La pregunta que debemos formularnos es si esto será producto de la construcción de una especie de “hombre nuevo” del Capitalismo
Neoliberal?” Un hombre entregado a objetivos personales, abnegado, aislado, poco empático, desconectado de la naturaleza, hecho con el espíritu de conquista y dominación del que nació occidente atraído básicamente por el poder del dinero (que vino a reemplazar al poder de la armas).

La vacuna necesaria
Desde el temor a la enfermedad y, sobre todo a la muerte, hoy la mayoría está enfocada a superar la pandemia a partir de la aparición de vacunas.
Mientras esto ocurre no sería desacertado intentar reconstruir una especie de Eneagrama de la humanidad para vernos mejor.
No sé, por ahí sin demasiada fe “encontramos alguna fuente de sabiduría oculta”. Esa que no está en el conocimiento ni en el éxito, ni en todo lo material que nos podamos procurar.
Sería un intento de ver si el espejo nos devuelve una imagen distinta, algo menos funesta de lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos, a los demás y al planeta.
Si miramos la historia de la humanidad, aunque sea de soslayo, quizá haya que buscar sin esperanzas para no caer en la desilusión.
Como sugería Lacan: “Aguardo, pero no espero nada”…

Luis Moroni
Francia