
Murió Diego Armando Maradona.... Es noticia mundial. No debería ser cierto, pero lo es. El día que tantas veces se esperaba al fin
llegó. Su corazón dijo basta! Pudo ser mucho antes, es cierto, pero el azar quiso que ocurriera ayer 25 de Noviembre. Curiosidades del destino que, caprichosamente, decidió que sea en la misma fecha que murió Fidel Castro “a quien Diego consideraba como su segundo padre”.
Confieso que lo estoy llorando como jamás lo hubiera imaginado. Nunca lloré a alguien “tan lejano”. Las razones las tengo, pero no viene a cuento ahora expresarlas.
Sí quiero decir que, al menos para mi, Diego fue un grande más allá de la droga, de sus adicciones, de la persecutoria exitomanía, de su verborragia extentoria, de su egocentrismo, de sus detractores, de los adulones, de sus contradicciones, de su inclinación a la ampulosidad y el despilfarro, del abandono afectivo de quienes más quiso y lo quisieron bien”.
Diego fue aún más grande que todos los títulos que Maradona ganó”... Muchísimo más grande que el Maradona famoso.
Y lo fue porque nunca renegó de su origen, siempre amó a su tierra, su país, esa Argentina que a veces nos enamora y otras nos devora...
Jamás se inclinó ante ningún poder que se apartara de los humildes y se llevó muy mal con los traidores de todo oficio y condición.
Fue uno de sus principales sellos, su marca, en las buenas y en las malas.
A Diego siempre lo desesperaba la injusticia, la atacaba con la misma intensidad y pasión con la que jugó a la pelota. “La pelota no se mancha”, supo decir... Quizá fue su mejor metáfora después del segundo gol a los ingleses en México ’86.
Diego nunca pudo llevar una vida que lo acercara al equilibrio. Más bien todo lo contrario. Vivió con el mismo desorden que provocaba al equipo rival cuando agarraba la pelota con su zurda mágica...
Anduvo demasiados años a los tumbos, la mayor parte de su vida, “como tantos rivales que gambeteó en cientos de partidos”. Como no iba a ser así “si la vida lo pateó a él donde más duele desde que era un mocoso”. Le dio en el estómago con comidas salteadas que su madre, la amada Tota, supo evitarle tanto a él como a sus hermanas/os. Pero sobre todo le hirió en su psiquis al cargarle el peso de un éxito inesperado que trascendió fronteras y le ordenó deberes de argentino talentoso y pobre.
Es que Diego Armando Maradona debió cargar no solo con su familia sino también con las frustraciones de su entorno y de millones de personas que dependen de una alegría del fútbol para calmar sus pesares. Y Diego, con su alma de capitán, se puso todo al hombro sin considerar que su cabeza no sería tan fuerte como sus piernas. Quizá llegó a los 60 años porque su fortaleza física y enorme corazón se lo permitieron, solo por eso...
Diego Maradona fue el futbolista profesional que las estadísticas señalan como “el que más patadas recibió en la historia del fútbol profesional”. Pero eso hoy es anecdótico… Lo que importa es recordar que Diego vino de muy abajo, llegó muy arriba y gozó del cariño de millones de personas humanistas, comprensivas, tolerantes y cariñosas de este planeta. Eso se lo ganó él, con su enorme corazón, con su energía vital y, por qué no decirlo como a él le gustaría expresarlo: ¡Con sus huevos!”
No fueron la fama, los grandes clubes en los que jugó, los mundiales, la Argentina, ni el talento inconmensurable para practicar el deporte más popular del mundo lo que catapultó a Diego a ser quien fue para millones de personas. Fue su energía, su magnetismo, su ternura, su entrega, su rebeldía; aunque muchas veces su extravagante personalidad hiciera que todo se viera mezclado con lo absurdo.
Como dijo el colega italiano, Maurizio de Giovanni, apesadumbrado por su muerte: “No es posible dejarlo ir, porque un corazón así de grande capaz de contener a todos los niños del mundo no se parará nunca, continuará alimentando el sueño de enamorarse del balón; porque el balón es su misma esencia”.
A ver si termina siendo cierto lo que reza en un muro de su amada Nápoles, la ciudad que lo endiosó como ninguna otra lo hizo, que lo colmó de cariño emparentándolo con San Genaro y le permitió todo (lo bueno y lo malo) en sus momentos de gloria: “Dios inventó el fútbol y después le dijo a Maradona que vaya a enseñárselo al mundo”.




































