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Ayer, el presidente comunal entre otros, estuvo visitando ese lugar en particular, para analizar su puesta en valor histórico, cultural y turístico.

 

"Es patrimonio de Serodino que existió antes de su fundación" expresó Juan Pio Drovetta, quien agradece al arqueólogo Eduardo Doroni y a Marcelo Pafundi, Ricardo Celaya y Thiago Haas, que están trabajando en este proyecto. También a los propietarios por permitirles avanzar en la propuesta.

"Comenzaremos a limpiar y a sacar escombros, ademas de declarar al lugar de interés local y provincial" expresó, también y a la vez que deja un fragmento del libro de Soler (1986) que habla sobre el mismo:

“La actividad pecuaria dio lugar, por sus características, a diversos tipos de delitos, en especial al cuatrerismo. La falta de vigilancia en los campos permitía a quien se lo propusiera arrear haciendas ajenas o carnear reses indiscriminadamente, ya sea para consumo o para sacarles el cuero. Se preguntan vecinos de la costa y también quienes ocupan una centenaria y vetusta construcción existente en la zona, si aquello es un extraño fortín, una misteriosa fortaleza, un reducto para las luchas políticas o simplemente una comisaría o comandancia. La distancia que lo separa del río Carcarañá hace pensar que no formó parte de una cadena de fortificaciones militares destinadas a la custodia de la frontera natural limitada por el río y que era recorrida desde Puerto Gaboto a San José de la Esquina y Cruz Alta. Para nuestras luchas por la organización nacional, el punto no es estratégico. Queda la alternativa de haber sido construido para albergar un destacamento policial de prevención al delito. Lo dicen antecedentes referenciales de haberse encontrado en el lugar esposas y grilletes para los detenidos y condenados, además de un cepo, lo que nos brinda una imagen hernandiana. Todo ello, cuentan, se vendió en pública subasta dado que estuvieron ausentes historiadores, coleccionistas y tradicionalistas, y seguramente el codiciado cepo fue rematado como leña para que el fuego purificara sus pecados. Ahí está el edificio, robusto a pesar de los años, con su revoque caído que muestra los gruesos ladrillotes de su estructura, los techos sostenidos por gruesos troncos de palmera, su escalera caracol de hierro oxidado que conduce al mirador coronado de almenas y, sobre todo, irradiando ese aire de caballero con coraza. Su presencia ya no interesa. Está a contramano de los caminos troncales que quizás en un tiempo les sirvieron de acceso. Se yergue solitario y ya la gente caminante no se persigna por el temor o respeto a las almas que yacieron en su vecino cementerio, poblado hace muchos años de esqueletos de gauchos malos y de cuatreros o de osamentas de ajusticiamientos injustos. Su trinchera, borrada por la mano del hombre y la erosión, deja libre paso y se allana a las visitas asombradas que miran con curiosidad cómo se ha dejado morir sin pena ni gloria un rico pasado histórico”.

Fuente: Soler, A. P., Serodino. Un noble pueblo santafesino, 1986