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"Os conjuro por la mansedumbre de Cristo y por las entrañas misericordiosas del Padre celestial a no perder nunca el

entusiasmo en el camino del bien. Corred siempre y no os detengáis nunca, convencidos de que, en este camino, detenerse equivale a volver hacia atrás" (Epist.II, p.259).