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Cada 8 de enero, al costado de las rutas, en pequeños santuarios improvisados o en altares armados con devoción, vuelve a hacerse

presente la figura del Gauchito Gil, considerado por muchos como un santo pagano, nacido de la fe popular y no reconocido por la Iglesia Católica.

Velas encendidas, cintas rojas atadas a los árboles, estampitas gastadas por el sol y el viento forman parte de una postal habitual en pueblos y caminos. Para muchos vecinos, detenerse un momento frente a su imagen es una costumbre sencilla, aprendida de generación en generación, donde se mezclan la esperanza, el agradecimiento y la tradición.

La historia cuenta que fue un hombre humilde, perseguido por su tiempo, solidario con los más necesitados. Y quizás sea esa imagen la que explica por qué su devoción sigue vigente: representa al hombre común, al que ayuda sin pedir nada a cambio y al que no se olvida de los demás.

En cada localidad hay quien puede relatar una promesa cumplida, un favor recibido o una visita obligada antes de emprender un viaje. Más allá de las creencias, el Gauchito Gil forma parte del folklore y la identidad popular, un símbolo arraigado en la cultura del interior.

No figura en los altares oficiales, pero vive en la memoria colectiva, en la fe sencilla y en esa espiritualidad popular que se transmite de boca en boca, al ritmo tranquilo de los pueblos.