Palabra de Domingo – Jorge Aloi
Hola Jesús, buen día.
Celebramos la última fiesta del tiempo navideño y recordamos un acontecimiento profundamente conmovedor para las primeras
comunidades: tu bautismo en el Jordán.
Cuando llegaste a la orilla del río, mezclado entre la gente, para ser bautizado por Juan, realizaste un gesto de enorme significado. Un gesto que expresa con fuerza tu solidaridad con la fragilidad humana, con nuestra pequeñez. Todos los que acudían allí reconocían su necesidad de conversión; escuchaban la palabra fuerte de Juan, que invitaba a un cambio profundo de vida para preparar los caminos, porque el tiempo de la salvación estaba llegando.
Quienes se sabían pecadores se acercaban para ser lavados, para ser purificados: un gesto exterior que expresaba un deseo sincero de transformación interior. Y allí estabas Vos, Señor, haciendo fila como uno más, caminando junto a tu pueblo, cargando sobre tus hombros —como buen pastor— las heridas y miserias de la humanidad. Te hiciste bautizar como signo de cercanía, de solidaridad y de compromiso con nuestra fragilidad, con nuestro pecado y con nuestra miseria.
Ese gesto inaugura tu ministerio. Allí sos ungido y podemos decir que sos enviado por el Espíritu Santo a una misión: traer la Buena Noticia, especialmente a los últimos, a los pequeños, a los pobres. Allí también se inaugura una nueva manera de entender a Dios.
Ya no es el Dios que castiga, el Dios del hacha preparada o de la guadaña lista. Juan, el más grande entre los hombres, queda todavía en esa imagen antigua: el Dios vengativo del Antiguo Testamento. A partir de Vos, se revela el Dios que abraza, el Dios que sale al encuentro del hijo perdido y hace fiesta por él, aun cuando no lo merezca.
Es el Dios de la compasión y de la misericordia, el Dios que comparte el vino con los amigos, que dialoga con las mujeres, que se deja perfumar por la mujer mal mirada. Un Dios distinto: un Dios que es ternura, misericordia y amor.
Hoy también recordamos nuestro propio bautismo, tan distinto al de Juan. En el nuestro fuimos sumergidos en el misterio del amor: el amor de los Tres que danzan desde siempre la danza de la vida y nos invitan a bailar con ellos para siempre. Los Tres felices, como diría mi amiga Chelly.
Por el bautismo nos hacemos familia, comunidad, hijas e hijos muy amados, muy bendecidos, profundamente abrazados.
Gracias, Señor, porque al celebrar hoy tu bautismo —signo de solidaridad con los pecadores y de asumir nuestra debilidad— celebramos también el nuestro, que nos hizo parte de tu familia, que nos regaló una vida para siempre y una dignidad infinita.
Ayudanos a descubrir en nosotros y en cada persona el misterio de tu presencia, ese destino de gloria, de alegría, de luz y de fiesta al que todos estamos invitados desde nuestro bautismo.




































