En el Evangelio de este domingo aparece nuevamente la imagen de la viña del Señor, una parábola que invita a reflexionar sobre la transformación del pueblo de Dios y, especialmente, sobre los frutos que cada uno está llamado a ofrecer.
La comunidad cristiana de los primeros tiempos interpretó esta parábola a la luz de acontecimientos que habían marcado profundamente su historia. La destrucción del Templo de Jerusalén por parte de los romanos fue comprendida como una consecuencia de la infidelidad de Israel. En el relato evangélico, el dueño de la viña envía a sus servidores —en referencia a los profetas—, pero estos no son escuchados. Finalmente envía a su propio hijo, en una clara referencia a Jesús, quien es ejecutado fuera de la ciudad.
La viña, entonces, es confiada a otros. La autoridad pasa a una nueva comunidad, llamada a producir frutos.
Pero el Evangelio no habla solamente de acontecimientos ocurridos hace dos mil años. Es Palabra viva y también interpela a nuestro presente.
La pregunta que surge es inevitable: ¿qué frutos estamos dando hoy como Iglesia y como comunidad?
¿Somos una Iglesia que genera alegría y servicio? ¿Una Iglesia que abraza, que sale al encuentro, que escucha y dialoga desde la humildad? ¿Una Iglesia que camina junto al pueblo y acompaña las luchas de quienes buscan una vida más digna para todos?
La reflexión también alcanza a cada persona: ¿cuáles son los frutos que estoy dando yo?
Nadie puede considerarse dueño absoluto de Dios. Dios no está atado a nada ni a nadie y puede obrar maravillas en personas y lugares inesperados. Muchas veces encontramos verdaderos constructores del Reino en quienes quizás no tienen una experiencia religiosa visible, pero encarnan el Evangelio a través de la solidaridad, el servicio, el compromiso y la búsqueda de una vida digna para los demás.
La invitación es, entonces, a mirar nuestra propia viña y preguntarnos qué estamos produciendo.
“Señor, mira mis frutos amargos y transfórmalos en buenas uvas: de fe profunda y sencilla, de solidaridad y servicio, de escucha y cercanía.”
Que podamos ser testigos de un Dios que ama, que carga sobre sus hombros a la oveja herida y que acompaña a cada persona para que pueda vivir con mayor dignidad.
Danos, Señor, corazón de Pastor y ayúdanos a construir una viña que dé frutos en abundancia.

































